Entrevistas


Los sueños de un creador

Entrevistó: José Dos Santos L., para El Caimán Barbudo, Cuba.
7 de agosto del 2018

Llego a Silvio Rodríguez —hombre de pensamiento, más que trovador— sin pretensiones de descubrirle nichos ocultos, porque ha sido uno de los grandes transparentes de la cultura cubana. Atiéndanse las letras de sus canciones y se encontrará respuestas a interrogantes de todo tipo. O si no, léanse las entrevistas (¿cientos?) que le han hecho a lo largo de una carrera que ya supera el medio siglo y encontrará mucho de lo que le ha caracterizado.

Por eso el empeño lo dirijo a hurgar un poco más allá, a través de sus sueños —cumplidos o insatisfechos—, que resultan muchas veces el motor de acciones vitales, o resultado de ellas, sobre todo para los románticos idealistas (esos que viven y mueren por una idea).

Los sueños son recurrentes en su obra. En una, Reparador de sueños, el optimismo se trasluce cuando canta “Siempre llega el enanito, con sus herramientas de aflojar los odios y apretar amores. Siempre llega el enanito, siempre oreja dentro, con afán risueño de inundar lo roto. Siempre apartando piedras de aquí, basura de allá, haciendo labor. Siempre va esta personita feliz trocando lo sucio en oro...”

Lo que quiero recabar, comienza preguntándole: ¿Cuál fue el primer sueño que recuerdas? ¿En qué contexto lo tuviste y cuánto significó para los que después vendrían?

“El primer sueño que recuerdo fue cuando vivíamos en San Antonio de los Baños, en la calle Jesús Planas. Allí, primero dormí en una cuna y cuando nació mi hermanita —yo tenía casi 4 años—, se la cedí y me pusieron en un catre a dormir en la sala. Entonces fue que tuve un sueño muy extraño: soñé que el mundo no tenía casas ni nada. Solo eran manos, brazos levantados, que se perdían de vista. Ahora me parece un cuadro de Salvador Dalí, surrealista. Lo curioso es que esos brazos me llevaban a mí… Yo me trasladaba de un lugar a otro a través de esas manos que me iban llevando. Ese fue mi primer sueño.”

Al comentarle que eso se ha ido cumpliendo, se adelanta a mi argumento al decir: “De cierto modo sí, porque los que tenemos el privilegio de estar en la superestructura de las sociedades, un poco somos levantados por los brazos de muchos. Fue un sueño, si se quiere, simbólico. Somos como una pirámide que está hecha de dolor, sufrimiento, sacrificio…”

Entonces le acoto que el sentido de mi comentario, además de ese enfoque, tenía el propósito de significar que su labor como creador le ha trasladado en los brazos de un prestigio global (y en los aplausos de muchas manos) porque —le digo— estar en la cúspide también puede significar ser reconocido por lo que se es o se ha hecho, y no como un privilegio. A ello, Silvio amplía:

“Sin duda se puede ver así, aunque en mi mente de niño era mucho más simple. Pienso que debió ser en respuesta a haberle tenido que cederle la cuna a mi hermana; y por eso quizás soñé que iba a tener una retribución enorme, inmensa, por haber tenido ese gesto.”

A continuación, el resto de las interrogantes que le presenté y sus respuestas:

El final de tu infancia y la juventud los viviste en el torbellino de una Revolución que ancló en el pecho de muchos, la mayoría de tus contemporáneos, emociones y actuaciones acordes a esos tiempos del despertar de quimeras. ¿Qué te llevó a asumirlas, cómo lo hiciste y qué lecciones te dejó?

“Ese es un tomo de mi autobiografía… (Ríe.) A mí me tocó comenzar la adolescencia con el triunfo de la Revolución. Había pasado solo un mes de cumplir los doce años cuando ello sucedió. Recuerdo perfectamente la vida anterior y, por supuesto, la posterior.

“La adolescencia fue esa década de consolidación, de contradicciones, de lucha, de supervivencia, de tensiones extraordinarias: coincidió con la transformación personal de una persona —de muchos, yo creo que a muchos le tiene que haber tocado algo parecido. Yo me hice hombre en esa primera década de la Revolución. Pasé de niño a hombre.

“Fue muy especial, porque esa revolución que también se produce en el ser humano en la etapa de la adolescencia, que no por gusto se llama así, era como vivirla por dentro y por fuera. No es un país, un estado, estable, una situación equilibrada la que yo tenía por fuera. Muchas veces también me identifiqué con las cosas urgentes y los exabruptos de la revolución y la sociedad, porque tenían que ver mucho con mis propios exabruptos, con mi propio aliento, mis propias necesidades…

“Es la década más intensa de mi vida, sin duda, desde todos los puntos de vista, inolvidable. Pero no es la única, porque la revolución maduró, pasó por varias etapas; no sólo la revolución, el mundo, porque nosotros somos un pedacito del mundo. No podemos creernos que somos el centro… porque no lo somos, como tampoco un hombre es el centro del mundo”.

¿Con qué soñabas mientras navegabas en el Playa Girón? ¿En qué medida se te cumplieron esas expectativas, cuáles se quedaron por el camino y por qué?

“Las canciones que hacía en el Playa Girón, eran como ‘Te convido a creerme cuando digo futuro’. Muchas veces uno hace las canciones para uno mismo, luego uno las proyecta a los demás y tienen X aceptación, gustan más o gustan menos, se entienden más o se entienden menos, pero sobre todo son canciones como de ese momento… Eran diálogos conmigo mismo, era todo lo que a mí se me ocurría, por lo que estaba sucediendo en general y por lo que me estaba sucediendo a mí en lo particular.

“Era muy joven, 22 años, todavía tenía el aliento de la adolescencia. A esa edad uno no se ha librado del todo de cosas del temperamento del adolescente. Soñaba con mucha intensidad en que el mundo, la realidad en la que vivíamos en el país, iba a ser mucho mejor en el futuro. Tenía más que convicción, fe, en que iba a ser así.

“Pero, como dice otro cantor, ‘la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida’. La vida nunca es exactamente como uno se la imagina. Y cuando empieza a imaginársela de acuerdo a una serie de experiencias y analogías, comparaciones a partir de las vivencias, ella se acaba.”

Y reiteró la idea en buen cubano: “Cuando uno tiene ‘un tamaño de bola’ de por dónde va la cosa, ahí mismo te dicen, apaga y vámonos”.

Madurar, máxime en condiciones a veces contradictorias, hacen posponer proyectos juveniles, transformarlos o desecharlos, al tiempo que otros ocupan su lugar. A la altura de esta época, ¿cuál es el saldo que obtienes al pasarles revista?

“El saldo es de una vida intensa y una vida esperanzada. Yo siempre he sido optimista, aunque a veces he tenido etapas o momentos de pesimismo, como cualquier ser humano, pero en general siempre he sido optimista y las cosas que canto son las que pienso, sueño, que quiero y las que no quiero —porque a veces canto sobre lo que no quiero— son cosas de las que alerto desde las limitaciones de mis puntos de vista y mis experiencias”.

(Es válido recordar en este momento uno de sus poemas musicalizados o creaciones poético-políticas como Sueño de una noche de verano, que en algunos de sus pasajes expresa: “Yo soñé con aviones que nublaban el día Justo cuando la gente más cantaba y reía. Yo soñé con aviones que entre sí se mataban destruyendo la gracia de la clara mañana. Si pienso que fui hecho para soñar el sol y para decir cosas que despierten amor… ¿Cómo es posible entonces que duerma entre saltos de angustia y horror? Y espero que mi sueño no sea mi futuro…”)

En tu repertorio el término sueños aparece en los títulos de cinco de tus composiciones. ¿Cómo se cumplen los que plasmaste en tu obra?

“Creo que todavía no sé qué es lo que va a pasar y en eso me parezco mucho al que empezó. Entonces no sabía lo que iba a pasar y todavía no sé qué va a pasar. Por eso va ser fascinante la vida que van a vivir mis hijos y los hijos de mis hijos.

“Hay una cosa que vale la pena señalar: no hay vida sin dificultades, no hay vida sin tropiezos. Ante la vida se puede tener diversas actitudes, pero básicamente dos: una positiva y otra negativa. Yo creo que vale la pena tener una positiva, esperanzada, luchadora. Eso de que “sí se puede”, aunque uno en el fondo diga ‘vamos a ver si se puede’, ayuda a los demás y ayuda a uno mismo a avanzar. Si uno está vivo, por qué bajar los brazos, para qué vas a dejar de caminar si tienes las piernas para hacerlo. En mi caso es una actitud imprescindible”.

Ya abordaste anticipadamente mis últimas interrogantes, pero insisto: ¿Con cuáles sueños estás más empeñado en realizarlos, como parte de una sociedad de la que eres inspiración —sin pretenderlo— para reflexionar, avanzar, enmendar errores y afianzar aciertos, y seguir soñando con un futuro mejor para todos?

“En mi blog Segunda Cita se manifiesta mi pensamiento positivo, proyectivo. Es mi canción de los últimos tiempos, la ópera que no pude hacer. Escribir ayuda a pensar. Llegas a puntos en que una idea se bifurca, te lleva a otras varias. Es un importante ejercicio de pensamiento, de autorreflexión. El acto de creación trasciende la intención de uno mismo. Empiezas escribiendo de una cosa y terminas haciéndolo de otra. Me pasa muchísimo. De vez en cuando publico algunas cosas en mi blog y otras las he escrito para él, motivado por su dinámica.

“Visito varias veces al día Segunda Cita, que el 9 de mayo cumple siete años de existencia, y en el cual participa gente inteligente, con diversas visiones e intereses, y publico cosas polémicas pero respetuosas”.

CODA

Muchas cosas quedan para seguir comentando, indagando y proyectando sobre el pensamiento y obra de Silvio, sin más acotaciones porque su nombre propio es suficiente para identificarlo. Otras, habladas en más de dos horas de conversación corresponden a diversos ámbitos fuera del objetivo central de esta entrevista —desde sus experiencias como alfabetizador en 1961 y el Servicio Militar hasta su aprecio por el jazz y los músicos que le han acompañado—. A todo lo largo del diálogo hubo coincidencia de criterios pero sobre todo en un punto: el motor de los revolucionarios es caminar hacia el horizonte, hacia la utopía, en cuya búsqueda se logra avanzar, aunque hayan dificultades, tropiezos, imperfecciones y cosas que combatir.

Silvio es de los que vive a través de ese combate, con las herramientas de un creador que constituye un ejemplo de lucha por sus sueños.