Entrevistas


Silvio Rodríguez: “Compréndeme y quiéreme”

Entrevistó: Esther Barroso Sosa, para el documental Nuestra Haydee, estrenado en la Casa de las Américas el 28 de abril de 2015.
2014

Le digo a Silvio que con este documental —y con cada entrevista, por supuesto— mi principal propósito no es hacer una cronología de la vida de Haydee Santamaría ni relatar los sucesos más relevantes, sino explicar por qué llegó a ser quien fue, por qué hizo las cosas que hizo y develar así los rasgos esenciales de su personalidad.

“Para mí es fundamental —le explico antes de grabar— primero que todo, entender yo a Haydee para comprometerme a defenderla, a acompañarla”. Silvio enmudece por unos segundos que parecieron una eternidad. Los ojos y la piel del rostro enrojecidos de repente. En principio no creo que es emoción, sino disgusto, pero ¿por qué?, ¿qué fue lo que dije?– pienso, nerviosa. Acto seguido, me habla de una conexión entre lo que yo acababa de decir y una de las últimas vivencias que tuvo con Haydee y que reproduzco más abajo cuando le pregunto por el impacto que tuvo en él su muerte. Esa idea se convertiría en uno de los nortes que me guió durante la realización de Nuestra Haydee.

Por otro lado, la última pregunta de la entrevista con Silvio desde un inicio había sido pensada no para el documental, sino para una edición del programa de televisión América en la Casa. Por esa razón, no la volví a revisar hasta ahora. Y ha sido muy grato casi descubrir que el final de esta conversación tiene también una conexión muy fuerte con el cierre que elegí para el documental.

¿Cómo ocurrieron los primeros encuentros con Haydee?

Un día alguien me citó a la Casa; creo que fue Pablo, quien a su vez había sido contactado por Estela Bravo. Ella le dijo que Haydee y la Casa estaban interesados en que hiciéramos un recital. Inicialmente seríamos Pablo y yo. En 1967 la Casa había hecho aquel Encuentro de la Canción Política y había quedado fundado el Centro de la Canción Protesta, que era como se le decía a ese tipo de canción contestataria, sobre todo en los Estados Unidos. Y como vinieron muchos cantores anglosajones y también latinoamericanos, ese fue el nombre que quedó.

A principio del 68, los organizadores del Encuentro estaban tratando de hacer un programa con aquello como referente. Estela, al frente del Centro de la Canción Protesta, fue la encargada de activar eso con jóvenes trovadores cubanos.

La Casa ya era prestigiosa, yo la seguía, comprábamos los libros. Nunca había entrado. Siempre estuve vinculado con escritores más que con músicos, porque mi formación venía de lo literario, del dibujo, del periodismo.

Fuimos al local de la Canción Protesta, y allí estábamos Pablo y yo cuando llegó Haydee. Para mí era como ver viva a una leyenda de la Revolución. No había un cubano que no supiera quién era ella dentro de aquella lucha. Todos sabíamos que su novio y su hermano habían sido asesinados. Todos conocíamos quién era Haydee, la leyenda, pero estábamos lejos de imaginar quién era Haydee la persona. Y fue impresionante ver que era una persona tan sencilla.

¿Qué impacto tuvo conocerla en ese momento de tu vida?

Nunca no los dijeron, pero yo supongo que Haydee supo de nosotros por las dificultades que teníamos —eran notorias en ese momento, más notorias que los éxitos, que ni siquiera los habíamos tenido todavía. Yo había sido conductor de un programa de televisión que se había visto mucho. Pablo era una figura que venía de agrupaciones vocales y empezaba a destacarse por algunas canciones.

Cuando nos enteramos de que querían el concierto en el marco de la Canción Protesta, nos miramos… “¿canción protesta?” Y dijimos: “no tenemos canciones protesta; lo que hacemos son… bueno, nuestras canciones”.

“Esas mismas”, dijeron.

“Pero es que entre los dos no tenemos muchas canciones de contenido social”, dijimos. Yo tendría dos o tres, Pablo creo que una. Y por eso se me ocurrió la idea de invitar a un tercer trovador que yo conocía, y Pablo no —todavía—, llamado Noel Nicola. En realidad fue un concierto de más trovadores porque en el público estaban Martín Rojas, Eduardo Ramos, Vicente Feliú y Belinda Romeu. Cuando se nos terminaron las canciones, invitamos a nuestros compañeros de generación y ellos completaron el concierto. Por eso se dice que ese fue el concierto inaugural de lo que después se llamó Nueva Trova, porque fue un concierto colectivo que evidenció que había una corriente.

Y fue ese el concierto que nos invitó a hacer Haydee en la Casa, en esas circunstancias en que nos sentimos acogidos; eran épocas en que Pablo, por haber estado en la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), y yo, por haber sido expulsado del ICR (hoy Instituto Cubano de Radio y Televisión), no éramos bien vistos y realmente teníamos pocos lugares donde cantar, cosa que no nos preocupaba porque nos cantábamos a nosotros mismos o a los amigos, y eso nos hacía sentir maravillosamente.

¿Cómo ese vínculo se convirtió en amistad, cómo era esa relación de amigos y qué huella fue dejando en tu vida personal y artística?

Hay que darse cuenta de que en ese momento yo tenía 21 años, y conocer a Haydee, una personalidad nacional, una heroína, era algo de mucho peso para mí. La veía con mucha admiración. En un principio, yo hablaba poco delante de ella porque me abrumaba su presencia; pero el trato de Haydee fue tan humano, desenfadado, fraterno, a veces tan maternal, que empezó a borrar esa sensación que al menos yo sentía cuando la veía: un respeto casi solemne. Yeyé se dio cuenta y empezó a tratarnos de manera campechana, muy abierta, y a discutir mucho con nosotros.

Se hablaba de nuestras canciones, de qué querían decir. Como nosotros estábamos inaugurando una nueva forma de cantar, había desconfianza respecto a temas, palabras o enfoques que podíamos hacer. Y ella fue de las personas que nunca se quedó callada, que nunca se guardó una interrogante, aunque a veces yo sospechaba que ella tenía ya una respuesta. Conmigo indagó mucho: “¿Por qué tú dices esto?” Y yo le respondía. A veces le daba una explicación que no le daba a nadie porque ella me lo preguntaba de una manera tan abierta, franca, poco inquisidora, que realmente me apetecía darle explicaciones. Si alguien me preguntaba: “¿qué quisiste decir con esto?”, y yo respondía: “lo que dije”. Pero con Haydee me era grato hacerlo porque era ver que una personalidad tan importante de nuestra cultura e historia le ponía atención a lo que uno hacía, y yo era un muchachito que empezaba a hacer canciones y eso era para mí, más que nada, un halago.

Así nos fuimos haciendo amigos. Después fue conocer a todos los Santamaría: los hermanos Adita, Aida, Aldo; las primas, los sobrinos, toda la familia; a doña Joaquina, su madre, a quien conocimos muy bien, porque venía y se pasaba etapas en casa de Haydee y sobre todo de Adita —yo prácticamente vivía en casa de Adita en esa época.

Empezó siendo una relación de trabajo, con señales éticas, que a nosotros nos sirvieron de mucho, porque hay que darse cuenta queéramos cuestionados. Que esa figura de la Revolución nos abriera las puertas de su institución para que nos pronunciáramos desde ahí, significaba mucho, era un gesto de confianza que otras instancias culturales no nos dieron. Eso nos llenó de seguridad en nosotros mismos, en lo que hacíamos, en el enfoque que teníamos de la canción, y también, en la responsabilidad que estábamos asumiendo. Todo eso nos lo fue incorporando el conocer a Haydee, interactuar con ella y ver como ella afrontaba determinadas dificultades.

Cuéntanos alguna anécdota de aquella etapa que refleje esas características de Haydee...

Recuerdo cuando se hizo el primer programa de concierto; después se hicieron habituales, una vez al mes aproximadamente, y nosotros íbamos a cantar. Estábamos siempre en la Casa, la considerábamos un poco como nuestro centro de trabajo.

Y cuando se fue a hacer el primer programa de televisión —yo no sé si eso fue algo que planteó Haydee para crear el conflicto y solucionarlo o si fue una cosa que surgió—, el director designado dijo: “yo puedo ponerlos a todos, menos a Silvio, porque está suspendido de la televisión”. Yo no dije nada, sencillamente, para no ser un estorbo; esperé a que la atención se desviara, me escurrí y me perdí hasta las once de la noche, cuando sabía que ya había ocurrido todo. Me metí en un cine, en el Finlay, en el que por esa época, por veinte centavos, podías ver como tres películas; entré a las cinco de la tarde y salí como a las once. Cuando llegué a mi casa, mi mamá me dijo: “Han estado llamándote toda la tarde, hasta Haydee te llamó, que tenías un programa de televisión y tú no aparecías por ninguna parte”. Ahí supe que cuando ella se enteró de que yo no podía salir en cámara y comprobó que era cierto lo que se decía de que yo estaba suspendido de la televisión y la radio, ella llamó al Director del ICR, quien le dijo que no había más problema conmigo, que yo podía salir en el programa. Y se preguntaron dónde está Silvio, pero ya yo había desaparecido pues no quería crear ningún tipo de problema.

Sí participé en los siguientes programas. Recuerdo que cuando ese director de televisión dijo que Silvio no podía aparecer en cámara, Santiago Álvarez, que estaba allí en ese momento, dijo: “Si Silvio no está, el ICAIC no filma”. Son maneras de conocer a personas en determinados momentos, cuando te ocurren sucesos que te revelan la personalidad de esas personas. Yo conocía a Santiago porque lo veía en el letrerito del Noticiero ICAIC Latinoamericano —que veíamos todos— y en los documentales: director, Santiago Álvarez. Fue tremenda manera de conocer a ese hombre, ¿no? Desde ese día lo consideré mi amigo, y después, con los años, fuimos muy amigos y colaboramos en numerosos proyectos.

Cuento esto porque fue un momento muy definitorio de mi relación con Haydee y que demostró su calibre, hasta dónde ella se comprometía con nosotros, hasta dónde ella apostaba por los jóvenes, porque nosotros éramos la juventud de ese momento. Y fue una gran lección que me ha servido hasta hoy.

A veces dicen: ¿por qué este se porta así con los jóvenes? Lo único que hago es hacer con los jóvenes lo que hicieron conmigo cuando yo lo era.

¿Pero esa amistad trascendió más allá de lo puramente artístico, no es así? Ustedes también la retribuyeron, se comprometieron con ella y colaboraron con ella. Háblanos de eso.

Tuvimos oportunidad de conversar montones de veces y de colaborar con la Casa. Se hizo habitual que cantáramos en los Premios Literarios. Íbamos a una finquita que le decían “El Chivo”, por Ceiba, y ahí compartíamos con los jurados del Premio, le cantábamos.

Un día Haydee nos llamó, en el 68, y nos dijo que la Casa quería hacer un homenaje al Moncada y que ella quería hacer un disco de canciones dedicadas al Moncada. Nos preguntó si queríamos participar. Esto era muy importante para nosotros porque no teníamos ningún disco grabado, y fue la manera de introducirnos en la discografía cubana y, al mismo tiempo, de hacer el homenaje al Moncada. Ya llevábamos meses de trabajo juntos; creo que ella ya nos conocía bien, sabía de la materia que estábamos hechos y que con toda confianza podía pedirnos aquello porque no le íbamos a fallar. Y así hicimos esas canciones.

Esa historia de que unos fuimos para su casa, es cierta. Durante una semana estuvimos yendo todos los días y nos quedábamos a almorzar. Ella salía y regresaba. Ahí conocimos a Armando Hart y a todos sus hijos, que eran chiquitos y jugaban alrededor nuestro —sus hijos biológicos y los de crianza, hijos de guerrilleros que habían muerto en las luchas de Latinoamérica. Y en ese ambiente familiar, ella nos habló del Moncada en términos muy diferentes a como habló, por ejemplo, en esa conferencia que es un documento histórico: “Haydee habla del Moncada”; es decir, en términos más cercanos, más íntimos, más humanos. Y entonces, los héroes, que hasta ese momento eran símbolos patrios, que pertenecían a las estrellas, casi inalcanzables, empezaron a humanizarse en nosotros. Esa comprensión nos permitió hacer esas canciones y hablar de la epopeya como cosa humana, palpable. En la canción Todo el mundo tiene su Moncada está sintetizado todo lo que yo había extraído de lo que habló Haydee; es esa canción la que dice: “menos mal que existen los que no tienen nada que perder…” Eso no solo nos acercó a nuestra historia, sino al proceso revolucionario. Nos dimos cuenta de que detrás de las cosas que pasaban, de las decisiones que uno ve como inexorables o absolutas que tomaba o toma un gobierno, lo que había era seres humanos. Ella hablaba de determinadas personalidades como amigos de toda la vida, y uno era capaz de ver una cosa tan compleja como la Revolución desde una dimensión mucho más cercana.

Haydee fue muy importante en ese momento para nosotros, en que, por otro lado, habíamos sido víctimas de incomprensiones muy grandes que podían haber influido negativamente en nosotros. Y gracias a esa relación de confianza fue que surgieron todas esas canciones y que se profundizó el compromiso que nosotros, como ciudadanos, teníamos con aquel momento de la historia de nuestro país.

Algunos de nuestros entrevistados para el documental describen a Haydee como una persona de carácter, con energía, pero que traslucía siempre una tristeza profunda; otros, como una persona en exceso alegre, eufórica. ¿Cuál es tu visión de su manera de ser, de comportarse en la cotidianidad y también en los grandes momentos?

Haydee era una gente que andaba con el ceño fruncido o que parecía andar con el ceño fruncido. No sé si era una característica de toda la vida o si fue algo que se le quedó después del Moncada. Pero a pesar de ese ceño fruncido, que parecía que hablaba como medio bravita siempre, era una persona de una ternura tremenda.

Mi primera impresión era estar hablando con un ícono. Pero poco a poco se empezó a suavizar, reía mucho y nos hacía bromas. Fue como si de pronto saltara del cuadro y se convirtiera en persona.

Antes que nada, era de origen campesino, rural, y con esto no estoy hablando de ignorancia sino de ciertas características del campo cubano en cuanto a cómo se proyecta el afecto, por ejemplo, a través de la broma, del humor y del tipo de broma naif, inocente. Eso lo vi en todos esos años. Haydee nació un 30 de diciembre, pero ella cambió su cumpleaños para el 31 porque era el día en que se había ido Batista y que ellos habían triunfado: el día en que tenía motivos para celebrar.

Recuerdo un 31 de diciembre en casa de Adita (hermana de Haydee). Estábamos en un almuerzo y más tarde llegaron ella y Armando. Por la noche, Noel estaba rendido en un sofá y Haydee mandó a apagar todas las luces, se puso una sábana por encima y una linterna en la barbilla, se le apareció a Noel y le hizo: “uh, uh”…Haydee era capaz de cosas así. O de confabularse con alguien para hacerle una broma a un tercero. A mí me usó para eso una vez con Julio Cortázar. Le habían conseguido unas bicicletas que él había pedido para recorrer La Habana con su esposa, durante una visita a Cuba en uno de los Premios. Ella hizo que yo le dijera a Cortázar que yo no tenía bicicleta, que si él me podía dar una, en fin…le corrimos una máquina al pobre Cortázar, que estaba desayunando con nosotros, y después le dijimos que era una broma.

Haydee era tremenda cocinera. Un día me preguntó lo que me gustaba comer y yo le dije que tortilla de plátano maduro frito. Y entonces, durante un Premio, ella invitó a su casa a comer a algunos de los intelectuales, y nos invitó a nosotros. Ella personalmente le sirvió a todo el mundo, iba a la cocina y traía plato por plato a cada invitado, menos a mí, y yo callado. Y al final de todo, trajo una fuente enorme tapada, me la puso delante y dijo: “esta es la comida que le gusta a Silvio”. Cuando yo levanté la tapa aquella de metal, era una inmensa tortilla de plátano maduro…que claro, compartimos entre todos. Era una persona así y yo me acostumbré a eso.

Ahora, ella compartía esa característica con una sagacidad tremenda. Eso no quería decir que era una persona a la que se le podía pasar gato por liebre. Era muy aguda, se llevaba las sutilezas, y más en ese mundo en que se desenvolvía, de intelectuales, en que se suelen decir cosas tremendas con palabras muy elaboradas. Siempre que estuve con ella y vi que sucedía una cosa así, inmediatamente Haydee respondía, quizás con palabras no tan elaboradas, pero respondía. Era de una inteligencia total. Fue una persona que en ese contacto con ese mundo de intelectuales se fue cultivando porque cada vez leía más, era una lectora insaciable. Se leía todos los libros premiados y las obras de los más importantes intelectuales de Latinoamérica. Estaba a la altura de lo que hacía.

Ella, como todos los seres humanos sensibles que han pasado por situaciones muy duras —eso tiende a complejizar las personalidades—, era un ser contradictorio. Podía tener algún exabrupto, pero eran cosas pasajeras. La única vez que la vi con esa ira, contenida pero que se le notaba, fue cuando tres compañeros nuestros cayeron presos en Bolivia y los desaparecieron, trovadores que estaban allá cantando: Vicente Feliú, Lázaro García, Augusto Blanca y Sareska Pantoja. Después nos enteramos de que les hicieron hasta un fusilamiento falso, que fueron torturados. Y gracias a la tenacidad, al desvelo constante de Haydee, es que probablemente hoy están con vida. Hicimos un puesto de mando en la Casa, en que ella lo hacía todo: llamaba a personalidades en Buenos Aires, en París… hizo mil gestiones. Y fue verla en otra de las facetas de su personalidad tan rica.

Era obsesiva en el interés por los demás. Y era como una enorme gallina con montones de pollitos alrededor. Lo hacía en lo privado y en lo visible, lo hacía en su casa, en su vida personal. Era una característica de ella el ser muy protectora. Cuando yo la conocí tenía eso como uno de sus rasgos más fuertes. Todo el mundo se sentía muy agradecido de Haydee, lo que no quiere decir que no fuera firme. Yo tuve discusiones con ella en las que no nos pusimos de acuerdo. Ella tenía su punto de vista respecto a un tema, y de repente, uno podía tener otro. Su columna vertebral era de acero, aunque por fuera podía ser muy frágil: por ejemplo, en cuanto a su amor por Fidel, no había la más mínima concesión. Era una personalidad muy compleja, muy rica, diversa, era un gran ser humano.

Silvio, entender a Haydee pasa también por la necesidad de aceptar su decisión de morir. ¿Cómo viviste la muerte de Haydee y cómo incorporaste ese hecho al proceso de aprehender quién es Haydee?

Haydee estaba herida, tenía una herida muy profunda que arrastraba desde el Moncada. Ella perdió allí a dos de sus seres más queridos, a su hermano del alma y a su novio Boris Luis, y ella casi fue testigo de eso. Hay que ver las fotos de Haydee después del Moncada, su carita. Hay una foto muy impresionante que es ella recostada al pecho de Fidel y él la tiene abrazada (a la salida de la prisión de Isla de Pinos); es una foto que sobrecoge. Ella luchó contra esa herida con todo su corazón e inteligencia, pero la fue venciendo.

Yo les diría a esos jóvenes de hoy: imagínense tener a un hermano y a un novio, irse a un combate para liberar a tu país y que te los maten, te los masacren, asesinen…Eso es un dolor muy fuerte que el triunfo de la Revolución, lo promisorio de lo que se abría en nuestro país entonces, sirvió para aliviar ese pesar tan hondo; pero le fue ganando hasta que se la llevó. Yo lo veo así. Su voluntad y su deseo de abandonar la vida los percibí mucho antes de que lo hiciera; cuando ella se fue no era la primera vez, lo había intentado antes. Yo lo supe y eso nos preocupó mucho, y quizás ella se dio cuenta de que la tratábamos con exceso de cariño y preocupación.

Ella se fue despidiendo de la gente. De mí se despidió. Me regaló un libro con una dedicatoria que decía: “Silvio, compréndeme y quiéreme”. Después, cuando sucedió, eso lo dice todo: compréndeme y quiéreme. Y esté donde esté, ella sabe que la comprendo y que la quiero.

Pero tus relaciones con la Casa de las Américas continuaron siendo sólidas hasta hoy. ¿Ves a la Casa como una prolongación de Haydee?

La Casa es la obra de Haydee y de muchos que estuvieron a su lado, no solo cubanos. Es la obra de Galich, de Benedetti, de muchos latinoamericanos que trabajaron en ella o para ella durante muchos años —algunos vinieron a vivir a Cuba. La Casa es una institución muy importante. Es probable que después hayan existido otras instituciones que hayan emulado en importancia; en el momento de definición latinoamericana en que surgió, lo que logró hacer la Casa en cuanto a unificar, detectar montones de talentos escondidos en nuestros países, a hacer justicia con muchos que estaban discriminados o perseguidos, fue muy importante porque ha sido una contribución a la unidad latinoamericana. La Casa significa todo eso para mí, pero la verdad es que sin Haydee no es lo mismo. Quizás por eso uno se imagina que ella sigue en la Casa porque quiere seguir viendo la Casa de la misma forma. Es inevitable que uno entre en la Casa y no la vea en su oficinita, caminando por aquellos pasillos, bajando y subiendo aquellas escaleras. Y si es verdad que los espíritus existen, estoy seguro de que ella está allí.