El alma, un arma


“La música es el alma de los pueblos.”
José Martí

“El verdadero soldado revolucionario
consiste en dos cosas: el alma y el arma”.
Fidel

“La canción, un arma de la Revolución”
Lema del Movimiento de la Nueva Trova.

La primera pregunta que salta es si resulta posible para las generaciones actuales crear folklore. Porque si se parte de que el folklore es la expresión cristalizada de una cultura nacional, lo que caracteriza a un pueblo por resumir sus esencias, vemos que esta expresión queda allá, donde fue creada por nuestros bisabuelos, en el instante justo en que unos pueblos reunían la necesaria acumulación de experiencias, y otros la fusión de culturas que el mestizaje colonial impuso. O sea: el hombre actual sólo puede imitar aquel folklore, no crearlo; y quienes deciden ser puramente fieles a esos estilos hacen una labor reproductora, no creadora.

Hoy, en América Latina, para muchos bienintencionados estilizar rasgos o modernizar el folklore es solamente parte de la estrategia de desvirtuamiento nacional que el imperialismo, con sus enormes recursos, impone al sur del continente. Esta “modernización”, rechazada incluso, se refiere a la incorporación de los actuales recursos electroacústicos en la realización orquestal, tanto del folklore mismo como de piezas compuestas dentro de sus estilos.

Esto sucede mientras se observa una acelerada propagación e influencia de la música rock y sus supuestos derivados. Digo supuestos derivados porque no toda la música popular difundida por el mercado imperialista proviene del rock. Es considerable la presencia del jazz y, paralelamente, de la música negra, tanto de África como del Caribe, así como alguna que otra reminiscencia sofisticada del Oriente. Mucho de lo que la metrópoli obliga a consumir a los países dependientes no es más que el regreso de su propia música reelaborada anglosajonamente, mitad por seducción exótica, mitad por sentir agotadas sus propias fuentes. Esta especie de rapacidad cultural, está presidida por el fundamental objetivo de la venta, para lo que se ha creado un aparato difusor monstruoso que estimula y distribuye la diversidad más abrumadora de grupos, solistas, estilos, etc. Esto responde a una necesidad vital para el imperialismo: la imposición de otra “alma” a los pueblos a los que les escamotea la suya, tanto económica como culturalmente. Esta imposición, además, se la vende.

Esta “alma” de trueque, a manera de un caballo de Troya, introduce la cultura del blue-jeans y la Coca-Cola gracias a la dependencia política y económica que suelen tener estos países con respecto al imperio. Por supuesto, ello no se debe a que la música en sí contenga efectos de esta índole.

Contra todo esto se pueden desarrollar líneas de defensa, y esta defensa puede llegar a tornarse ofensiva. En este caso no se puede ignorar que la presencia de una música nacional popular y joven puede servirnos de contrataque.

Es exagerado acusar a un joven de colonizado cuando prefiere una música mejor grabada y en general dentro de parámetros estéticos más modernos cuando, por otro lado, para “competir” con este atractivo sonido sólo tiene las expresiones que fueron la razón de ser de sus abuelos o los quehaceres de sus padres. Estos jóvenes necesitan participación, y muchos de sus conflictos adolescentes están originados por la brecha que existe entre el momento en que la sociedad reconoce que son aptos para aportar y el momento en que ellos mismos se sienten capaces para hacerlo. Este joven (hablo de una cultura urbana) está viendo los vuelos espaciales, sistemas de comunicación cada vez más veloces, cine, plástica, arquitectura y literatura actuales, y lo que es más importante: con mayor o menor conciencia es testigo de la agonía de un mundo y de la gestación de otro nuevo; y esto lo prepara, le hace necesaria una canción que refleje su mundo y no sólo a través del texto, porque también la música y el sonido son testimonio, documento.

Por todo esto los que queremos crear nos vemos obligados –además de reproducir el folklore para que no se olvide- a hacer una canción que surgiendo de las tradiciones, compita y supere las imposiciones de quienes tienen por ahora el poder de la difusión mundial capitalista; una canción con el máximo de calidad y profundidad, con todos los recursos técnicos que seamos capaces de adquirir: una canción llena no sólo de sucesos y denuncias sino también de sonidos de este tiempo. Los orígenes pueden aparecer a través del presente sin necesidad de aferrarnos a los aspectos primitivos del pasado. No hay nada sacrílego en electrificar el charango o el tres desde que todos reconocemos como necesario un micrófono para amplificar la quena.
En esta lucha lo importante inmediato es la función, el papel, el fondo. Porque las técnicas, los métodos siempre han sido circunstanciales y renovables.

Esta es una forma en que la música de los jóvenes, además de continuar su deber de “alma” de los pueblos, puede convertirse en “arma” de su tiempo.

 

Publicado en Juventud Rebelde el 7 de mayo de 1978.