Por qué busqué trovadores en los 70s*


En los diciembres de 1971 y 1972 se celebraron encuentros de jóvenes trovadores en la ciudad oriental de Manzanillo. Aquellas reuniones se produjeron porque entre finales de los 60 y principios de los 70 la actividad trovadoresca se incrementó notablemente en Cuba. Aquello se veía como continuidad de una antigua tradición de la música cubana y a la vez como una expresión emergente. Por alguna razón existe la costumbre de poner nombres a ciertas manifestaciones, a corrientes, a tendencias que después se sostienen más o menos. Ocurre que varios artistas se proyectan en una época con un aliento parecido y alguien le llama movimiento y lo bautiza. Algo así pasó con nosotros, trovadores de más o menos la misma edad, cuando en febrero de 1968 dejamos una seña en un concierto que organizó el Centro de la Canción Protesta de la Casa de las Américas. Pero los cantores de aquel recital existíamos desde antes; por eso pudimos reunirnos allí aquella noche.

Algunos han dicho que el programa televisivo Mientras Tanto influyó en el auge de la trova juvenil de por entonces; pero antes de yo aparecer en la televisión, en junio de 1967, algunos jóvenes autores con guitarras solían reunirse informalmente en los alrededores del club nocturno El Gato Tuerto. Las canciones de aquellos muchachos coincidían en su influencia armónica del filin, en su gusto por la bossa nova brasileña y por la música de Michel Legrand, que a mediados de los 60 caló en los músicos cubanos gracias al filme de Jacques Demy Los Paraguas de Cherburgo. Algunos de aquellos jóvenes empezaban a desenvolverse como profesionales en el mundo nocturno, como Pablo Milanés, Martín Rojas, Eduardo Ramos y Rey Montesinos.

Mientras al amparo de la noche habanera pasaba aquello, Noel Nicola, hijo de Isaac, proverbial maestro de la guitarra, no estudiaba con su padre pero armaba un combo; Vicente Feliú arañaba la lira de su viejo, a la vez que se preparaba como profesor de Física en el Instituto Pedagógico; Belinda Romeu era una niña de su casa, acaso conocida por los amigos de su padre, el genial Mario Romeu. Por lo que a mi respecta, mis padres no se dedicaban a la música y tampoco podía saborear las noches habaneras, ya que mis últimos tres años habían transcurrido en los rigores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, donde a duras penas había empezado a tocar la guitarra y a hacer canciones, fuera de todo contacto con mis semejantes.

No niego que Mientras Tanto dejara su impronta, como desencadenador de cierta conciencia colectiva. Supongo que cuando apareció un trovador joven en la televisión, los que venían haciendo lo mismo en la oscuridad pudieron haber pensado: “Qué suerte ha tenido ese tipo”. Recuerdo que por conocerme del programa, Martín y Eduardo se me identificaron cuando me crucé con ellos en una callecita de Kawama; razón misma que llevó a Omara Portuondo a presentarme a Pablo, unos días más tarde. Fueron mínimos eventos que propiciaron que empezáramos a vernos con asiduidad y a intercambiar lo que sabíamos, a fomentar aquel “espíritu de grupo” que se haría evidente en el recital del 18 de febrero de 1968, en Casa de las Américas.

Por estos antecedentes es por lo que siempre he declarado que la nueva trova (con minúsculas) era unos añitos más vieja que el Movimiento de la Nueva Trova, bautizado en la ciudad de Manzanillo, a fines de 1972.

La idea del MNT fue alentada por la Unión de Jóvenes Comunistas, quizá también como una forma de supervisar la proliferación de trovadores, muchos sin militancia; pero no hay duda de que su creación fue un triunfo de los que habíamos empezado cuestionados por la burocracia cultural. Es cierto que todavía debían pasar un par de años antes de que los pioneros pudiéramos hacer un disco en los Estudios Egrem. Y también que, esporádicamente, siguieron apareciendo regañinas en la prensa y continuaron marginaciones de diversa índole. Pero a partir del MNT la obra de los nuevos autores empezó a tener un apoyo más amplio y por ello una incidencia más masiva. La Nueva Trova, como organización, hizo festivales anuales en diversas zonas del país, los que compartíamos con expresiones culturales fundamentales como la trova tradicional, el filin, la rumba, el son y sus intérpretes. La trova de nuestra generación había nacido muy vinculada a sus contemporáneos de la literatura y otras artes. Por eso aquellos encuentros también estaban llenos de escritores, pintores, cineastas, actores, bailarines y músicos de todas las variantes.

A veces éramos bastante incendiarios. Yo había empezado cantando “…hay que quemar el cielo, si es preciso...”. Y, casualmente, uno de los lemas usados por el MNT resultó ser un radical pensamiento martiano: “Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera”. La célebre frase de Arnold Hauser “Toda obra de arte es una provocación”, era lo natural para algunos de nosotros.

Bastiones del pasado confundieron nuestros encendidos llamados al compromiso con la pretensión de que toda la cultura debía ser a nuestra imagen y semejanza. No sé si pensaron que éramos guardias de alguna revolución cultural. Lo cierto es que nos juraron guerra a muerte y, justo cuando empezábamos a librarnos del mito de no ser revolucionarios, pretendieron vestirnos de otras culpas. Pero ninguno de ellos alzó nunca la voz contra las verdaderas injusticias; pasaban quinquenios y otros chaparrones llamándole buen gusto a la estética burguesa y copiando a papel carbón lo que veían en las televisiones “de afuera”.

La superestructura del país era tremendamente contradictoria. Algunos trovadores tuvimos la suerte de que existieran revolucionarios como Haydée Santamaría y Alfredo Guevara, que dirigían organismos culturales como espacios donde voces alternativas podían demostrar su valor. Símbolos revolucionarios de tal fuerza moral cada vez quedan menos. Por eso los que les vimos actuar con valentía tenemos con ellos grandes deudas.

Cuando surgió el MNT, algunos trovadores integrábamos el Grupo de Experimentación Sonora. En mi caso, estaba visto que desde los tiempos de la campaña de alfabetización lo gregario me podía. Así que me tomé bastante en serio una de las primeras ideas de la nueva organización: rastrear trovadores por todo el país. A algunos ya les habían asignando provincias de búsqueda, y antes de que alguien mencionara Matanzas yo mismo me propuse. La primera razón fue porque siempre me había gustado aquella ciudad, madre de la rumba, con su leyenda de “la Atenas de Cuba”; la segunda, porque quedaba cerca de La Habana.

Por eso los lunes madrugaba para tomar un par de guaguas que me llevaban hasta la bahía, donde cerca de las 5 y media subía a la lanchita. Y en Casablanca, a las 6 en punto, amaneciendo, abordaba el trencito del Hershey hasta Matanzas**. No llevaba guitarra a la provincia. Allá vivía en un albergue, dormía en una litera y pasaba los días de pueblo en pueblo, aprovechando los viajes de los miembros del comité provincial de la UJC, aunque la mayoría de las veces me movía "a dedo" por aquellas solitarias carreteras. Regresaba a La Habana los viernes, al anochecer, o temprano los sábados, a ver a mi hija de un año y a tocar un poco la guitarra. Esa fue mi vida durante los primeros cuatro o cinco meses de 1973.

El resultado de mi búsqueda quizá merezca otra entrada, otro día, pero fueron muchos y muy buenos los hacedores de canciones que hallé. Baste mencionar al grupo Nuestra América, fundado y dirigido por el tenaz Luis Llaguno. Por entonces ellos cursaban el preuniversitario y eran católicos practicantes. Los prejuicios religiosos de aquellos años se confabulaban para escondérmelos, hasta que al fin di con ellos en un acto de su escuela. Después no paré hasta verlos inscritos en el MNT.

Nuestra América obtuvo el primer lugar en el Movimiento Nacional de Aficionados durante 11 años consecutivos. En aquel tiempo ganaron otros galardones, incluso fueron los intérpretes de una obra ganadora del Concurso Adolfo Guzmán de la Televisión Cubana. La mayor parte de su trabajo musical lo hicieron sin abandonar sus estudios, y todos fueron graduados universitarios. Aún se les puede escuchar lo mismo en Cárdenas que en Varadero, sus ciudades natales, donde algunos aún viven.

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* A propósito de una pregunta de Claudia

** El tren del Hershey lleva ese nombre porque pasaba por el batey del antiguo Central azucarero, que era propiedad norteamericana antes de 1959. Esta fábrica de azúcar, después del triunfo de la Revolución, fue bautizada con el nombre de Camilo Cienfuegos, y se encuentra en la actual provincia de Mayabeque, muy cerca de Santa Cruz del Norte. Casualmente, en los campos que abastecían de cañas a este Central, actualmente inactivo, yo había trabajado durante la zafra de 1967. Por entonces trabajar en una zafra era requisito indispensable para obtener la baja del servicio militar activo. Pero esa es otra historia, aún más antigua.

 

Publicado en el blog Segunda Cita el 24 de mayo de 2015.